La mera posibilidad de salir a buscar leones, leopardos, elefantes o rinocerontes a los que tomar fotografías a una distancia que sólo creías posible en documentales televisivos es algo que podríamos calificar de apasionante.

Gran parte de la fauna que puebla los parques naturales africanos (aunque es algo extensible a selvas de otros continentes) es eminentemente nocturna.

Los grandes depredadores salen a cazar por la noche y no soportan demasiado bien el calor, reservando energías durante las horas centrales del día que aprovechan para echarse una siesta de campeonato.

Por ello los mejores momentos para ver animales estando de safari es por la mañana muy temprano y por la tarde cercando la puesta de sol. Coincide con el fin o principio de jornada de múltiples especies, tanto en mamíferos como en aves o reptiles, y tendremos más posibilidades de observar en acción a los grandes protagonistas de nuestro viaje.

Por tanto madrugar no es una opción sino una obligación cuando se está de safari.

A mediodía escucharemos cantar a las chicharras y poco más (aunque tengo que reconocer que la mejor escena de naturaleza que he visto en mi vida fue en ese preciso momento).

Como en la vida, mucho de lo interesante que sucede lo hace al amanecer o al atardecer. Y, sobre todo, por la noche cuando con suerte escucharemos rugir a los leones si nos hospedamos dentro de los parques o reservas naturales.